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Jueves 11 de Marzo de 2010

MILENA HABLA DE ZOTTO

Compartir: ¿Qué es esto?
08-08-2008 00:00:00

En 1997 Milena Plebs y Miguel Zotto disolvieron el vínculo artístico que los unía desde hacía diez años. Una sensación de incredulidad, primero, y después de algo muy parecido a la decepción se proyectó hacia todos los niveles del universo del tango porteño. Miguel y Milena habían creado no sólo una pareja de baile perfecta y de nuevo tipo; también habían gestado, con sus propias fuerzas, un proyecto artístico que terminó influyendo decisivamente en los modos de bailar en la pista y en la escena, así como en el concepto mismo del espectáculo de tango.

Quebrada esa relación, cada uno siguió su camino; muy visible en Miguel Zotto, menos visible en Milena Plebs. Ella creó a partir de 1999 dos espectáculos, pero desde hace tiempo se dedica fundamentalmente a los cursos que dicta en Buenos Aires y en el exterior y también, en los últimos años, a terminar de dar forma a un documental (Milena baila el tango... con Ezequiel Farfaro) que registra diferentes momentos de su actividad como creadora e intérprete.

En la entrevista que sigue, Milena repasa su historia a partir de su encuentro con Miguel Zotto, que equivale a decir al momento de su encuentro con el tango. Hasta 1984 su derrotero había pasado por estos puntos: niñita estudiante de ballet, adolescente que se inclina un poco impremeditadamente por la danza contemporánea, joven bailarina que ingresa al Grupo de Danza Contemporánea del Teatro San Martín (luego llamado Ballet Contemporáneo). En 1985 ve por primera vez a Miguel mientras él ensaya con Ana María Stekelman un espectáculo que se llamará Jazmines: “Llegué cuando estaban trabajando sobre Quejas de bandoneón. Recuerdo que me impresionó especialmente una variación en la que hacían muchos ganchos. Me decía “¿cómo se las arreglan para hacer de esa manera perfecta movimientos tan rápidos, tan precisos, tan riesgosos?”. No podía comprenderlo. Supongo que si lo viera ahora lo encontraría muy elemental; pero en ese momento me resultó sorprendente y complicadísimo.

¿Qué pensaste del propio Miguel?

Me pareció un tipo raro, muy distinto a mis amigos y mis compañeros, alguien de otra cultura y otra extracción social. Tenía sólo veintiséis años pero ya era canoso y eso le daba una cosa extraña, de joven viejo. Fui al estreno de Jazmines y seis veces más, me emocionaba su romanticismo; un hombre y una mujer abrazados en el escenario me agregaba algo nuevo a lo que yo conocía de la danza. Aquí había otra cosa, energía masculina y femenina en acción. Al principio iba a ver a Ana María, mi maestra, pero de a poco fui desviando la mirada hacia Miguel; lo encontraba muy seductor con su pelo engominado y su perfil gardeliano. Un tiempo después comencé a tomar clases con él.

¿La relación sentimental ya había empezado?

Sí, una relación un poco informal; pero al tercer mes de comenzar con sus clases descubrí, de golpe, que estaba enamorada. Cuando al año siguiente le llegó a Miguel la propuesta de incorporarse al elenco de Tango Argentino -una gira de ocho meses- me propuso que fuera su pareja; una decisión muy difícil porque en el Ballet del San Martín me estaban dando cada vez más lugar. Finalmente pedí una licencia por un año y en abril del ‘86 comenzamos la primera gira con Tango Argentino.

¿Cómo fue esa primera experiencia profesional con el tango y en un marco semejante?

Difícil en todos los sentidos. Primero, pasar del ambiente de la danza contemporánea al del tango, un mundo descarnado, de mucha competencia y de competencia deshonesta. Nosotros éramos nuevos y nos aceptaban más fácilmente; pero veía situaciones inconcebibles entre las parejas. También me costó bailar sobre tacos, poner los pies derechos y no rotados hacia fuera, me costó seguir a alguien que me marcara. Y tuve que aprender sola, no había otra mujer que me diera indicaciones específicas.

¿Tus compañeros te ayudaban?

No de una manera técnica. Los Dinzel nos ayudaban, sí, y también Copes, y Virulazo y Elvira. Por mi parte, miraba a María Nieves y trataba de entender todo lo que hacía. Pero la ayuda consistía en qué pasos podíamos hacer, sin explicarnos la técnica. Y Miguel, por su parte, también estaba evolucionando. Cuando apareció Antonio Todaro en nuestro horizonte el baile de Miguel ganó en una complejidad que antes no tenía.

¿Cuándo encontraron a Todaro?

Un año y medio después de la primera gira con Tango Argentino. Miguel sabía de la existencia de Antonio gracias a Virulazo pero durante aquel tiempo estuvimos casi siempre afuera. A mediados del ‘87 aprovechamos un mes en Buenos Aires para tomar clases con él todos los días, dos horas cada vez. Era carísimo, aun para nosotros que ganábamos en dólares.

¿Siempre había sido un maestro caro?

Siempre fue claro para él el valor que tenía su enseñanza, aun cuando siguiera trabajando como albañil.

¿Sus clases eran también útiles para vos?

Sí, para mí fue muy bueno, con nuevas dinámicas que tuve que incorporar. Hasta ese momento nuestro baile tenía en cierta forma el estilo de Copes, más bien estático. Lo de Antonio tenía vértigo, giros, saltos, voleos, paradas. Algunas clases eran sólo sobre “salidas”, diferentes salidas. Pero también nos daba mucho material de lo que, a su criterio, nos serviría para exhibiciones en milongas. Volvimos con él después de otra gira y a mediados del ‘88 comenzamos a elaborar coreografías propias pensando en un futuro espectáculo.

¿Estaban cansados de Tango Argentino?

No; pero hubo un parate de seis meses y pensamos que era el momento de pensar algo propio. Teníamos clara la idea del espectáculo: una sola pareja –de allí salió el nombre de Tango x 2- bailando diferentes estilos, cada uno metido dentro de una pequeña historia. Eramos nosotros y tres músicos e hicimos dos funciones, en Granada y Madrid. Imposible seguir: mil tangos, mil cambios de ropa, no había alma que lo soportara. Volvimos a hacer dos giras de Tango Argentino porque nos habíamos quedado sin dinero, y entretanto seguimos reelaborando el espectáculo, incorporando a dos bailarines más, una cantante, un sexteto de músicos. Estrenamos en Buenos Aires en abril de 1990.

¿Cómo surgió Una Noche de Tango, que tuvo un formato diferente y donde aparece ya más definidamente el material del tango de pista?

Fue una propuesta de la Bienal de Danza de Lyon. En cuanto a la relación del tango de la milonga con el de escenario, es algo que a Miguel le interesó siempre. Ahora se ve mucho, pero en ese momento el tango escénico, digamos pos-Copes, era coreográfico en el mal sentido de la palabra; artificial, mecánico, muy alejado en todos los sentidos del tango tradicional. El interés por ese nexo había aparecido ya en Tango x 2, pero en Una noche de tango encontró una forma más teatralizada.

Durante el último período de Una Noche de Tango ya la pareja matrimonial se había terminado. ¿Cómo mantuvieron la relación profesional?

La última gira fue una tormenta permanente. Hacía dos años y medio que estábamos separados como matrimonio y resultaba muy duro seguir bailando, cuerpo a cuerpo. Es una situación de desgarramiento profundo y ya no te importa nada, ni el dinero ni la fama; nada. Sólo querés terminar con esa situación. Volvíamos de Nueva York y al llegar a Buenos Aires, ni bien pisé tierra, le dije a Miguel: “terminé”.

Les habrá llegado el impacto general que significó la separación.

Hasta hoy. Un viejo amigo milonguero nos decía en ese momento, por separado: “cada uno, sin el otro, no sirve para nada”. En algún nivel tenía razón. Yo puedo hacer otras creaciones, otras producciones, dedicarme a otros aspectos del tango. Pero igualar Tango X 2, que excedía el bailar, que generó un movimiento entre los jóvenes, que trascendió en Buenos Aires, que entró y se mantuvo en el Teatro San Martín... todo eso lo hicimos juntos y dependió de los dos. Una mezcla de la audacia y la absoluta seguridad de Miguel con mi actitud más metódica, más medida. De mi parte traía una experiencia escénica más elaborada y él, el tango en la sangre. Ahora quizás no es tan visible pero Miguel es un personaje único, no hay muchos bailarines que tengan su historia. Y por otro lado, él me eligió a mí, cuando había muchas bailarinas de danza contemporánea revoloteándole. Hubo algo de destino en nuestro encuentro. Creo que ni yo ni Miguel volveremos a hacer algo de esa trascendencia.

Laura Falcoff