por Pedro Ochoa
Gerardo Hernán Matos Rodríguez nunca se dedicó a la música. Pianista aficionado, estudiante ocasional de arquitectura, de joven trabajó como corresponsal extranjero en París para un diario oriental, luego como cónsul uruguayo en Alemania y desde que, con los años, pudo vivir de los inesperados derechos de autor de La Cumparsita no se le registra oficio. Eso sí, siguió componiendo esporádicamente durante toda su vida.
Parece haber poseído una personalidad difícil. Pocas anécdotas se recuerdan de su vida, ninguna muy edificante. Cuando Firpo agrega a La Cumparsita las melodías que comentamos más arriba, le propone firmar la obra en colaboración. Gerardo se niega. Para ese entonces Firpo tenía un cartel respetable y la propuesta era conveniente para el debutante Matos Rodríguez. Firpo, lejos de resentirse con la negativa del joven Gerardo, incluyó La Cumparsita en su repertorio difundiéndola generosamente en Buenos Aires.
No sería el último gesto de desconfianza ante la posibilidad de colaborar con otro artista. Así relata Enrique Cadícamo el proceso de creación de Che papusa, oí: “Un día me pide que le escriba una letra de tango. Yo tenía un par de ellas escritas y a los pocos días le llevé una, titulada Che papusa, oí. […] Hallándose el tango en pleno éxito, comienza a resentirse nuestra amistad por haberme enterado un poco tarde de que Matos, antes de adaptarle música a la letra, la había ido ventilando ante sus amigos […] para que lo asesoraran si valía la pena hacerle música a tales versos, sin duda por faltarle a él capacidad para juzgarlos. De más está decir que el veredicto […] fue una felicitación que le encargaron me hiciera llegar de su parte. Esto fue lo que me distanció de mi coautor.” Cadícamo recuerda otras anécdotas por el estilo y dictamina: “tampoco gozaba de mucha simpatía entre quienes lo trataban”.
Cuál no sería su irritación al enterarse de que Contursi y Maroni habían puesto letra a su tango sin su autorización, cambiando además el título. Como le había sucedido con Firpo, Matos Rodríguez obtuvo sólo grandes beneficios con esta nueva colaboración involuntaria, sobre todo cuando su tango es re-lanzado a través de la versión de Gardel. Era el tiempo de los cantores y La Cumparsita, sin letra, había pasado de moda junto con todos los tangos instrumentales y bailables. Sin embargo Matos Rodríguez entabló con los letristas una larguísima disputa judicial. Para quien quiera profundizar en la personalidad del compositor, lo más interesante de este conflicto es que el compositor inventa una letra para La Cumparsita… sólo para poder compartir, en calidad de letrista (pues compositor ya lo era), los derechos recaudados por Si supieras… La tal letra, confesaría Matos Rodríguez, es “un espanto. Una letra mal parida, escrita sin ganas, a regañadientes”.
Apostillemos que de esta historia podemos deducir que La Cumparsita nunca se cantó en carnaval. ¿Acaso habría olvidado Matos Rodríguez sacar a la luz durante la causa judicial una letra anterior a la de Contursi y Maroni?
Su letra de La Cumparsita no sería la última chicana judicial que usaría Matos Rodríguez. Pero volvamos unos años atrás. Ocultando que en 1916 la editorial montevideana Arista y Lena publicara la primera edición de la partitura, en 1917 el joven Gerardo vende la propiedad de La Cumparsita a la casa editora Breyer de Buenos Aires por cincuenta pesos, cantidad aparentemente exigua pero que el propio compositor consideró, a posteriori, una buena suma, ya que “un músico conocido se daba por muy satisfecho con que le compraran un tango en cinco nacionales”. Agreguemos entre paréntesis que la venta de la propiedad del tango a una casa editorial es señal de que Matos Rodríguez, al negarse a colaborar con Firpo, no temía la enajenación de la pieza ni mucho menos había intuido su éxito sino que simplemente no estaba dispuesto a trabajar en colaboración. Volviendo a nuestra historia, cuando su tango empieza a devengar interesantes sumas por derecho de autor, Matos Rodríguez entabla una causa judicial contra la casa Breyer, aduciendo que era menor de edad en el momento de la venta y por lo tanto no tenía entidad legal para comprar o vender. Lo cierto es que todos saben y nadie negó que Matos Rodríguez naciera en 1897, o sea que contaba con 19 años en el momento de la venta. Claro que en este caso se trataba de una causa justa, pues en ese entonces las casas editoras se quedaban con el ¡cien por ciento! de los derechos de autor, en lugar del “humilde” 25 o 50 de hoy en día.
¿Y tanto era lo que rendía La Cumparsita? Ricardo Ostuni, que tuvo acceso a los expedientes judiciales, recoge la contundente cifra de $ 60.000 m/n anuales durante la década del cuarenta, cuando un bandoneonista de Juan D’Arienzo ganaba 1.000 pesos por mes. Cuando muere en 1948 Matos Rodríguez era aún joven; pero había podido, por lo menos, disfrutar de la repercusión de su tango más famoso.


